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El encierro en Pamplona

Me refiero al monumento situado en Pamplona en el que el bronce resume toda una tradición. Toros de lidia cabalgando con una pujanza y un movimiento solo igualado por la valentía de los corredores. Estrechos vericuetos empedrados que prestan a diario el servicio humilde de la movilidad, convertidos temporalmente en pista de combate milenario e inútil.

WhatsApp Image 2023 07 08 at 11.07.53 AM 2Imagino que Hemingway ya lo dijo todo. Pero como solo he leído destellos de su obra y como mi último encuentro con su memoria se remonta a La Habana cuando discutíamos un Acuerdo de Paz con la guerrilla más antigua del Continente, no debo pasar por alto el impacto de este portentoso altar, que impresiona aun a quienes como yo, traicionando una juventud taurina llena de manzanilla y botas triple ZZZ, ahora nos oponemos al sacrificio de estas reses poderosas e inerme a la vez, por cuanto que, por protuberantes que sean sus astas y sus anabólicos músculos, perecerán a manos de la destreza del torero. O de otros. No importa. En última instancia, el descabello será inevitable por descomunal que sea la supervivencia de la fiera. Una sentencia sin apelación y sin tutela. Es su destino.

No vale que los defensores de esta tradición sostengan que nacieron para morir. Que son animales de lidia que no escapan a su fatalidad. Y que la antigua tradición deber ser respetada precisamente por antigua y por tradicional. Un argumento insostenible a la luz del progreso humano. A fuer de apelar al respeto de las que hoy son minorías, en verdad se trata de un testimonio anclado en un pasado brutal, aunque, eso sí, lleno de estética. La estética del límite. Con este análisis, habría que revivir la lucha de los gladiadores romanos.

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Lo llamativo es precisamente el alarde de una valentía inútil. Los gladiadores al menos satisfacían la libido sanguinolenta de los emperadores. Y servían a otra libido, la libido imperandi de sus amos. Los corredores arriesgan para sí y porque sí. Podrían ser los hijos de los héroes de la guerra civil española. Hay algo sublime en eso, lo admito. Pero sin apelar al utilitarismo, sí creo que semejante derroche de arrojo en aras de una pincelada estética, aunque tiene algo de misterioso, no es el tipo de misterio que se compadezca con la persona humana de hoy. En mi ciudad, permeada por la taurinidad, no se permitía sin embargo la presencia de niños en el ritual ensangrentado. Algo habrá allí.

Una curiosidad: en la manada corren vacas al mismo ritmo sudoroso de los machos. Ni una mujer en los humanos. ¿Cambiará eso? ¿Antes de que el monumento se congele como una simple anécdota histórica, veremos mujeres galvanizadas desplegando esa misma furia solipsista y abrumadora?

 

 

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